viernes, 12 de octubre de 2012

Las colonizaciones

El fenómeno colonizador se plasma en la fundación de ciudades independientes que nacen como estados soberanos allí donde una expedición de hombres libres, dirigida por un magistrado jefe, llega a un lugar cuyas condiciones geográficas, estratégicas, climáticas, etc. resultan favorables para el establecimiento. Impulsados desde la metrópoli por la falta de tierras, el aumento de población, calamidades, guerras o razones políticas, los griegos se extendieron de este modo a lo largo del Mediterráneo y el Mar Negro en un fenómeno característico de los siglos VIII y VII a.C.
Denominado tradicionalmente el «padre de la Historia», Heródoto (ca. 485-425 a.C.) nació en Halicarnaso, en la costa suroccidental de Asia Menor, viajó a Egipto, Fenicia, Mesopotamia y Escitia, y residió en la Atenas de Pericles, donde formó parte en 444/443 a.C. de la expedición destinada a fundar la colonia panhelénica de Thurios en Magna Grecia. Dedicando cada uno de los nueve libros que la componen a una de las Musas redactó su Historia, una obra inacabada que alcanza desde la época mítica hasta la Segunda Guerra Médica (479 a.C.), centrada en el enfrentamiento entre Europa y Asia, y salpicada de excursos de carácter etnográfico referidos a las tierras por las que viajó su autor. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Teras, hijo de Autesión, nieto de Tisámeno, bisnieto de Tersandro y tataranieto de Polinices, se disponía a partir de Lacedemonia para fundar una colonia (...) En la isla que en la actualidad recibe el nombre de Tera, la misma que antes se llamaba Caliste, vivían unos descendientes del fenicio Membliarao, hijo de Pecilas. Resulta que Cadmo, hijo de Agenor, cuando regresaba a Europa, arribó a la isla que en la actualidad se llama Tera. Y al arribar a dicho lugar, ya fuera que el terreno le agradara o que, por algún otro motivo, le viniera en gana hacer lo que hizo, el caso es que en esa isla dejó a varios fenicios y, entre ellos, a Membliarao, uno de sus parientes. Estas gentes habitaron la isla llamada Caliste por espacio de ocho generaciones antes de que Teras llegara procedente de Lacedemonia.
Pues bien, tomando consigo gente de las tribus, Teras se dispuso a partir hacia dicha isla con la intención de formar una misma comunidad con sus habitantes y sin ánimo alguno de expulsarlos, sino ansiando ganarse su amistad sinceramente. Y como, por su parte, los minias que habían escapado de la prisión estaban asentados en el Taigeto y los lacedemonios tenían el propósito de matarlos, Teras intercedió para que no se produjera una carnicería y se comprometió a sacarlos personalmente del país. Los lacedemonios se mostraron de acuerdo con esta proposición y Teras partió con tres trieconteros para reunirse con los descendientes de Membliarao, aunque no se llevó a todos los minias, sino sólo a unos pocos (...) Y por su parte la isla recibió la denominación de Tera en honor de su colonizador (...)
Grino, hijo de Esanio, que descendía del susodicho Teras y que era rey de la isla de Tera, llegó a Delfos llevando consigo una hecatombe ofrecida por su ciudad. Le acompañaban varios conciudadanos suyos y, entre ellos, Bato, hijo de Polimnesto, que pertenecía a la familia de Eufemo, uno de los minias. Pues bien, cuando Grino, rey de los tereos, estaba consultando al oráculo sobre otras cuestiones, la Pitia le respondió que fundara una ciudad en Libia. Entonces el rey le respondió en estos términos: «Yo, Señor, ya soy demasiado viejo e incapaz para llevar a cabo la empresa; impón, pues, esta tarea a cualquiera de los jóvenes aquí presentes». Y al tiempo que decía estas palabras, señalaba a Bato.
Por el momento eso fue todo. Pero, posteriormente, una vez de regreso, hicieron caso omiso del oráculo, pues no sabían en qué parte de la tierra se encontraba Libia y no se atrevían a enviar una colonia a un destino desconocido (...) Despacharon emisarios a Creta para que se informase de si algún cretense o algún meteco había llegado hasta Libia (...) De Tera, primeramente, zarparon unos exploradores (...) Los de Tera decidieron enviar, de cada dos hermanos, al que la suerte designase, y que hubiese expedicionarios de todos los distritos, que eran siete; su jefe, a la par que rey, sería Bato. Así pues, enviaron a Platea dos penteconteros (...)
Resulta que, cuando Bato se hizo un hombre, se dirigió a Delfos para formular una consulta sobre su voz; y, a su pregunta, la Pitia le dictó la siguiente respuesta: «Bato, a preguntar por tu voz has venido; pero el Soberano Febo Apolo te envía a Libia, tierra de pingües rebaños, a fundar una colonia» (...) Entonces él le respondió en los siguientes términos: «Señor, yo he acudido ante ti para formularte una consulta a propósito de mi voz; tú, en cambio, me respondes hablándome de otras cosas, de unos imposibles al ordenarme que funde una colonia en Libia; ¿con qué medios? ¿con qué colonos?» (...)
Dado que los de Tera ignoraban la causa de sus desdichas, despacharon emisarios a Delfos para que consultaran al oráculo sobre los males que les aquejaban. Por su parte la Pitia les respondió que todo iría mejor si iban con Bato a colonizar Cirene en Libia. Tras esta respuesta, los tereos enviaron a Bato con dos penteconteros (...) Colonizaron una isla situada en la costa libia, cuyo nombre, como ya he indicado anteriormente, es Platea (...) En dicha isla vivieron por espacio de dos años (...) El dios no los eximía de fundar la colonia hasta que acabaran llegando a la mismísima Libia. Y, al arribar a la isla, recogieron al que habían dejado allí y colonizaron un paraje de Libia propiamente dicha, situado en frente de la isla, cuyo nombre era Aciris, paraje al que por dos lados encuadran hermosísimos sotos, así como un río que corre por el flanco restante.

Heródoto, Historia, IV 147-157 (selección), traducción de Carlos Schrader, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1979.

La Tiranía

En la Arqueología o introducción a su Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides repasa la historia de los griegos anterior a su propia época y dedica por ello un breve pasaje a las tiranías, un fenómeno característico del mundo griego entre los siglos VII y VI a.C. al que este historiador volverá más tarde refiriéndose ya concretamente al caso de Atenas. Producto de la crisis de los sistemas aristocráticos, el tirano se hace con el poder mediante la fuerza y el apoyo de las capas populares y, alejado de la valoración peyorativa que posteriormente se atribuirá a dicha denominación, se erige en defensor de la población con medidas como el reparto de tierras, la protección de los pobres y la potenciación de las construcciones públicas.

El historiador ateniense Tucídides (ca. 460-396 a.C.) es universalmente conocido por su Historia de la Guerra del Peloponeso, relato incompleto en ocho libros, se interrumpe en los sucesos del año 411, del enfrentamiento protagonizado durante el último tercio del siglo V a.C. por Atenas y sus aliados de un lado y Esparta y los suyos de otro. Elegido estratega en 424 a.C., sin embargo el fracaso ante Anfípolis provocó su marcha al exilio, de donde retornó a Atenas una vez finalizada la guerra en 404. Con la perspectiva que le proporciona todo ello, interpreta los hechos en función del contexto, los actores y sus motivaciones, razón por la cual ha sido considerado el creador de la Historia en el sentido moderno del término. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Por lo que respecta a los tiranos, todos los que estaban establecidos en las ciudades griegas, mirando sólo por sus intereses, tanto por su seguridad personal como por el engrandecimiento de su propia casa, gobernaban las ciudades con la máxima prudencia posible, y no llevaron a cabo ninguna empresa digna de mención, salvo alguna guerra particular contra sus vecinos respectivos. Los tiranos de Sicilia, en cambio, llegaron a los niveles más altos de poder. Así, por motivos de todo tipo, Grecia se vio obligada durante mucho tiempo a no realizar nada notable en común y a que las empresas de cada una de sus ciudades carecieran de audacia.
Pero después que los tiranos de Atenas y los del resto de Grecia, regida también antes en muchos sitios por tiranías, es decir, la mayoría de los tiranos y los últimos si exceptuamos los de Sicilia, fueron derrocados por los lacedemonios (pues Lacedemonia, después de su fundación por los dorios, que la siguen habitando actualmente aunque fue, de los que conocemos, el país que sufrió disensiones internas durante más tiempo, sin embargo desde muy antiguo tuvo buenas leyes y siempre se vio libre de tiranos, con lo que son unos cuatrocientos años o unos pocos más los que han pasado hasta el final de nuestra guerra desde que los lacedemonios tienen la misma Constitución, y por esto se han hecho poderosos y han impuesto su criterio en las otras ciudades), después de la expulsión de los tiranos de Grecia, como decía, no muchos años después, tuvo lugar la batalla de Maratón entre los medos y los atenienses. (...)
En realidad, el conjunto de sus acciones [i.e., de Hiparco, hijo de Pisístrato, tirano de Atenas] de gobierno tampoco resultó molesto para la mayoría, sino que ejerció su autoridad sin despertar odios; ciertamente estos tiranos dieron pruebas de virtud e inteligencia durante mucho tiempo, y, exigiendo a los atenienses tan sólo la vigésima parte de sus productos, embellecieron magníficamente su ciudad, llevaron a término las guerras y sufragaron los sacrificios de los templos. En general la ciudad siguió gobernándose según las leyes preexistentes, con la excepción de que siempre se cuidaban de que uno de ellos estuviera presente en las magistraturas.

Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, I 17-18 y VI 54, 5-6, traducción de Juan José Torres, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1990.


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